jueves, 4 de octubre de 2007

Parashat Bereshit

Sábado 6 de octubre
Rabino Yerahmiel Barylka


Mi más cercano compañero en el uso de las piruetas literarias, me comentaba que iniciar otra vuelta en la lectura y el estudio de la Torá, tiene algo de grandioso, de 'allegro ma non tropo'. Para él es más que claro que éste, será el último año de su ignorancia, que por fin va a comprender todo y en todos sus aspectos. Que desde ahora, la Torá le va a hablar, por fin, a él, y percibir definitivamente que la Torá fue recibida para él, para que al fin la pueda leer y estudiar como si fuera la primera vez. En éste año, sabe, que se convertirá en un ben Torá y agregaba que 'no hay mejor comienzo del año que iniciar, desde El Principio' desde Bereshit.

Quedé extasiado al recibir estas líneas que ahora comparto con ustedes. En pocos renglones, me explicó el significado de Bereshit y casi de toda la vida judía. Al grado que siento que agregar cualquier letra a las citadas podría hacer perder el gozo y la alegría que su trascripción puede provocarles. Confieso que le envidié su regocijo. Pero, manifiesto también, que me lo contagió.
Bereshit se lee después de jornadas de oración y reflexión, de alegrías y de cantos y bailes por el privilegio del goce en el estudio y no es de sorprender entonces que convoque a la nostalgia de épocas que fueron extremadamente creativas.
En la añoranza propia que provoca la repetición, aparece un flash de la época en la que, con algunos de los lectores, gozamos un año completo interpretando de cien maneras, sólo el primer versículo del Libro de los Libros. Fue un buen entrenamiento para sumergirnos en el inagotable mar de la parshanut, aún a riesgo de perder perspectiva del Mensaje. También me acuerdo, las discusiones con las lererkes del kinder de Yavne, sobre la utilidad de hacer que los niños de 4 y 5 años memoricen la Creación de cada jornada, cuando el mismo Shlomó el más sabio de todos los hombres, no consiguió entender sus misterios. Supongo que los niños siguen aprendiendo esos conceptos que obligatoriamente olvidarán hasta encontrarse, ya adultos, nuevamente con la sucesión de las etapas de la Creación.

Pero, Bereshit, el Libro Primero, es algo muy especial. Desarrolla a todo su largo una crónica de los conflictos entre los hermanos que fueron nuestros antepasados y que nos marcaron con su sello. Imprimieron en nosotros sus virtudes y nos dejaron el recuerdo de sus errores, todos humanos, que intentamos disimular. Al releer sus vidas, nos encontramos con tantos contrastes, que parecen pertenecernos, como si fueran parte de nuestra propia biografía. La diferencia es más en los tamaños de la experiencia que en su modo.

En el principio, después de recorrer la creación del Universo, de los cielos y la tierra, la luz y la oscuridad, el mar y la tierra seca, los frutos y los animales, leemos: “Y D-os creó al Adán a su imagen; a imagen de D-os lo creó, hombre y mujer los creó” (1:27). Ese versículo es la base del valor del ser humano, de su igualdad entre sí, de su semejanza y similaridad, y de su amor. Ya nos enseñó rabí Akiva, “querido es el hombre que fue creado a Imagen”, derivando del versículo la prohibición del derramamiento de sangre, aún antes de la entrega de la Torá. Prohibición que sería infringida muy rápidamente.

En la discusión entre rabí Akiva y Ben Azai acerca del principio más valioso de la Torá, si el “ama a tu prójimo como a ti mismo” de Vaikrá 19:18, y “Cuando D-os creó al ser humano, lo hizo a semejanza de D-os mismo. Los creó hombre y mujer” (5:1-2), rabí Akiva considera que el amor es el máximo valor, pero Ben Azai eleva a la igualdad por encima de cualquier otro valor. El tiempo hizo que el pueblo judío adoptara ambos principios como valores superiores. De esos valores logró legislar infinidad de normas fundamentales. Si ofendes a un individuo no es a la persona a la que agravias, sino es a D-os mismo. Después de todo, los humanos no somos más ni menos que Imagen.
El "amarás a tu prójimo", no es una expresión teórica. Es una obligación, precedida por la obligación de amarse a uno mismo. Rabí Akiva le fijó una limitación aparente (Baba Metzia 62 a), "tu vida precede a la de tu prójimo e Hilel la interpretó diciendo que "lo que odies no lo hagas a tu próximo" (Shabat 31a), porque es muy difícil aplicar positivamente una frase que parece declarativa.

El principio de la creación "a imagen" presenta diversos dilemas que, por lo menos quienes residimos en Israel, tenemos que enfrentar casi a diario. Un ejemplo de ellos, son las acciones que el ejército y las fuerzas de seguridad tienen que llevar a cabo para salvar la vida de seres humanos amenazados por la acción de grupos terroristas. En este caso, Israel debe obligatoriamente perseguir a todos los que quieren afectarle, ya que también el "otro", el enemigo, debe actuar según las normas, que acepten que nosotros también tenemos "imagen". Esa lucha de autodefensa debe hacerse éticamente, y sin alegría. Cuando Iehoshafat el rey de Iehudá derrotó a los amonitas y a los moabitas, leemos en II Divrei Haiamim 20: 21-22: "Al día siguiente, madrugaron y fueron al desierto de Tecoa. Mientras avanzaban, Iehoshafat se detuvo y dijo: «Habitantes de Judá y de Jerusalén, escúchenme: ¡Confíen en H', y serán librados! ¡Confíen en sus profetas, y tendrán éxito!» Después de consultar con el pueblo, Iehoshafat designó a los que irían al frente del ejército para cantar a H' y alabar el esplendor de su santidad con el cántico: «Den gracias a H’; su gran amor perdura para siempre.» La Torá nos desafía para encontrar un verdadero equilibrio basado en nuestros valores.

Regresemos al tema de la Creación a Imagen. De la lectura del versículo aprendemos que todos, sin excepción, fuimos creados siguiendo la Imagen. Los ricos y los necesitados, los judíos y los gentiles, los fuertes y los débiles, por lo que no debemos intentar exclusiones. Esa es la fuente de los Derechos Humanos y de las obligaciones en el judaísmo. Estamos obligados a respetar los derechos, incluso cuando se trata de actitudes de nosotros con nosotros mismos. No tenemos derecho a declinar nuestra autodeterminación, como no tenemos derecho a renunciar a nuestra vida buscando abreviarla por la razón que fuere, ni el derecho a dañar nuestro cuerpo o nuestra alma. Tampoco nosotros mismos tenemos el derecho de afectar a la Imagen que llevamos dentro como don. Quien avergüence a una persona, deshonra a la Divinidad que está en contenida en ella. Así nos dice la mishná en Sanedrín 4:5: “Esa es la razón que el hombre fue creado en forma unipersonal para enseñarnos que quien destruye a una sola persona, la Torá lo considera como si destruyese un mundo entero. Y que aquél que salva una sola persona, la Torá lo considera salvador de todo un mundo. Y para enseñarnos la grandeza del Señor. En efecto, cuando el hombre funde muchas piezas con un sólo molde, todas se asemejan; D-os, en cambio, ha modelado al hombre a la efigie del primer hombre, empero, ninguno se parece a su prójimo”. Misterioso pero real. Clarísimo. Sin vueltas. Tan simple y tan difícil de llevar a cabo.

El dilema presentado por rabí Akiva, pregunta qué hacer cuando dos amigos se encuentran en el medio del desierto teniendo bebida suficiente que permitiría que uno solo de los dos pueda seguir vivo. La respuesta instintiva parecería que es mejor que los dos mueran, sin embargo el maestro nos enseña que "nuestra vida prevalece sobre la del otro". Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: «¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano para que lo tomes en cuenta?» Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de gloria y de honra: lo entronizaste sobre la obra de tus manos, todo lo sometiste a su dominio”. Palabras más que claras, a las que les permito agregar, simplemente “porque lo creaste a Tu imagen”.

Shabat Shalom desde Sión,